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Un colegio puede cumplir con la inclusión y aun así dejar fuera a un estudiante. La distinción importa, y tiene consecuencias en el aula.

Llevo años entrando y saliendo de colegios: primero como docente de apoyo, haciendo evaluaciones e intervenciones dentro de la jornada escolar; después dando capacitaciones y talleres a docentes; y siempre, en paralelo, atendiendo en consulta a niños y jóvenes cuyos informes terminaban sobre el escritorio de un profesor.

De todo eso saqué una pregunta que me acompaña: ¿los informes que escribimos los terapeutas se aplican de verdad en el aula? La respuesta que encontré en muchas instituciones fue incómoda: están archivados, con sugerencias que la mayoría de docentes nunca llega a usar. No por mala fe. Por un sistema que no da tiempo ni herramientas.

La diferencia entre inclusiva e incluyente

Se usan como sinónimos y no lo son. Una educación inclusiva acepta: recibe al estudiante, lo matricula, lo deja entrar. Es un requisito legal y es el punto de partida, pero es solo eso.

Una educación incluyente hace algo más: valora. Se construye desde la aceptación, sí, pero usando opciones dinámicas en las que pesa la humanidad de la persona y no solamente lo académico. Genera motivación, da seguridad y fortalece la autoestima, porque potencia el ser de cada niño, niña o joven en vez de medirlo contra un promedio.

Cuando se le da importancia a la habilidad personal de cada quien, se abren oportunidades para todo el grupo. Ahí la educación deja de ser solo inclusiva y se vuelve equitativa.

Lo resumo en una frase que repito mucho: cada persona, sin excepción, sería buena en algo y no mala en todo. El método tradicional hace lo contrario — estigmatiza a quien no encaja en un promedio obligatorio, y eso desmotiva a cualquier estudiante.

Qué es un educador incluyente

Para mí es quien construye aprendizaje poniendo la diferencia en el centro, no en el margen, y lo hace a través de métodos alternativos y experienciales. Mantiene la mente abierta, propone estrategias en vez de esperarlas, y es capaz de trabajar en equipo desde la ética y el respeto por el ser individual.

Y hay algo que le exijo antes que cualquier técnica: ser consciente de que hay que educarse para educar. Sus principales aliadas en la práctica no son los materiales ni la última metodología, sino cinco cosas más simples y más difíciles:

  • La creatividad, para no repetir siempre el mismo camino.
  • La observación, que es lo que permite ver a un estudiante antes de calificarlo.
  • La escucha, incluida la de lo que no se dice en voz alta.
  • La motivación, la suya propia además de la del grupo.
  • La comunicación asertiva con la familia, con el equipo y con el estudiante.

Nadie lo hace solo: el trabajo en equipo

Llamo TEAEIN al trabajo en equipo para el aprendizaje equitativo e incluyente. Educar no es una misión sencilla y necesita orientación, apoyo y facilitación desde varias áreas a la vez: fonoaudiología, terapia ocupacional, psicología. Desde el conocimiento que cada una aporta se generan opciones que refuerzan la construcción del aprendizaje.

El equipo funciona cuando la retroalimentación circula de verdad entre familia, docente, escuela y terapeutas, y no cuando cada parte entrega su informe y se desentiende. Pero tiene una condición sin la cual no se cumple, y conviene decirla sin rodeos: hace falta disposición familiar. Sin ella, el equipo no existe aunque estemos todos en la reunión.

Sobre la palabra discapacidad

La entiendo como una condición humana que, esté clasificada como cognitiva, sensorial o física, se centra en la humanidad de la persona. No se esquematiza en una teoría clínica —aunque tampoco ignora el tratamiento que requiera— y sobre todo no generaliza a un individuo: se caracteriza desde su aptitud y su actitud, para poder adecuar el manejo pedagógico a su vida cotidiana.

Por eso en mi consulta hablo de un componente diferente antes que de una dificultad o un trastorno. No es un eufemismo: es que la etiqueta clínica describe una parte pequeña de lo que una persona puede hacer, y el aula necesita saber lo otro.

Adaptado de mi trabajo «Métodos Alternativos en la Educación: un éxito para adquirir aprendizaje de modo equitativo e incluyente», Especialización en Educación y Discapacidad, Universidad del Cauca, 2022.

Esto es información general, no una valoración de tu caso. Cada persona es distinta, y saber qué pasa en concreto requiere una consulta. Si te interesa el tema, aquí explico cómo trabajo educación.

Lo que más me preguntan de esto

¿El colegio necesita un diagnóstico para empezar a hacer ajustes?

No. Los lineamientos de educación inclusiva en Colombia establecen que la institución debe recibir al estudiante y registrar su situación aunque el diagnóstico todavía no exista. Además, el diagnóstico por sí solo no define los ajustes: esos salen de las barreras que se observan en el aula.

¿Qué aporta una fonoaudióloga a un proceso educativo?

Valoración de lo que sostiene el aprendizaje —lenguaje comprensivo y expresivo, percepción, bases sensoriales y motrices— y estrategias concretas para el aula, no solo un informe. Mi papel en el PIAR es de orientación y acompañamiento, junto a la institución y la familia.

Cuéntame qué te preocupa. La primera conversación no compromete a nada.

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